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Ver para creer

Dani De Morón

08/09/2020

Nada escapa a los dedos de Dani de Morón y ‘Creer para ver’ es la prueba, también la confirmación, de que sus inquietudes siempre han sobrepasado las lindes del flamenco. Se percibe en este disco, el cuarto en su carrera, la suma de todo lo aprendido en los últimos años. No solo en sus álbumes, también en las obras hechas con o para otros artistas.


“CREER PARA VER”, nuevo disco y concierto de Dani de Morón


Nada escapa a los dedos de Dani de Morón y Creer para ver es la prueba, también la confirmación de que sus inquietudes siempre han sobrepasado las lindes del flamenco. Se percibe en este disco, el cuarto en su carrera, la suma de todo lo aprendido en los últimos años. No solo en sus álbumes, también en las obras hechas con o para otros artistas, pues no solo ha acompañado a los más destacados cantaores y cantaoras vivos (El Pele, Estrella Morente, Arcángel o Rocío Márquez) y ha tocado para estrellas del baile como Patricia Guerrero o genios como Rocío Molina, sino que ha compuesto, por poner solo un ejemplo, parte del ambicioso El sombrero de tres picos de la Estévez/Paños Compañía, y se ha atrevido a musicar El perro andaluz de Luis Buñuel. 


Por eso, referirse a Dani de Morón solo como guitarrista o solo como flamenco, sin incidir en que es ante todo un músico siempre es quedarse corto.


En su segundo álbum, El sonido de mi libertad, ya demostró su habilidad compositiva en clave jonda y en el tercero, 21, ratificó que se puede acompañar al cante sin perder ni robar protagonismo. Pero en Creer para ver Dani está solo de veras. Y quizás por eso, a falta de una garganta, su guitarra parece cantar a ratos, algo que ya hizo en su primer trabajo discográfico, Cambio de sentido. Se aprecia en la versión, bellísima y repleta de matices, que hace de “Ojos verdes”. Con ella, su autor demuestra que un músico total crea, pero también es capaz de darle nueva vida a piezas que parecían intocables e inmejorables. Oyéndolo revivir el clásico de León y Quiroga parece que su sonanta llora cantando: “Ojos verdes, verdes, que se han clavaíto en mi corazón…” Y por momentos, hasta parece que baila. 


No se puede hablar de un disco de flamenco, tampoco decir que no lo sea. Claro que en Creer para ver hay palos, pero de algún modo, es lo de menos. Lo de más es que se identifica un sonido con nombre propio: da igual si va a compás de bulerías o de mariana, lo que hay en cada uno de los cortes es Dani de Morón, inconfundible, algo que otros artistas tardan una vida en alcanzar y que él, sin llegar a los 40, ya ha conseguido.  


Esa rúbrica tiene varios atributos. Uno se encuentra en el modo en que estira la raíz, a la que va su autor pegado, no encadenado. La prueba más palpable son los homenajes de Creer para ver: a Avishai Cohen o Dhafer Youssef, que con dos temas emblemáticos como “Ani Maamin” y “Surah” suenan como si el israelí y el tunecino hubieran hecho un retiro espiritual en Morón de la Frontera. Ese es el don de Dani: que más que acercarse a otros géneros musicales, les regala su sonido, su historia y su bagaje. Dani los eligió por gusto, le acompañan desde siempre, pero cuando bautizó su disco Creer para ver no sabía qué significaban los títulos de esas canciones: la de Cohen es el “Yo creo” que cantaban los judíos en los campos de concentración y surah, cada uno de los 114 capítulos del Corán. Que él no lo supiera, no significa que sea casualidad: su cabeza funciona de un modo –ni en línea recta, ni siempre hacia adelante y más bien haciendo curvas– que impide saber qué va antes y qué después en todo lo que inventa Dani.


Por eso es imprescindible hablar de otro aspecto destacable en el toque que despliega en Creer para ver: la velocidad. No es el único guitarrista de la actualidad que en directo da la sensación de estar tocando dos guitarras a la vez, pero hay pocos que además, consigan que alguien crea oír instrumentos que no están: un piano, un contrabajo… Un ejemplo es la canción que le da nombre al disco, y en la que, como en el resto de temas, cuesta creer que haya solo dos manos ejecutando la pieza.  Y como no es efectista, sorprende a quien le escucha: nunca remata igual, nunca acaba –a veces ni las cierra– las canciones de manera previsible.


Pero si Dani de Morón multiplica la guitarra, no es solo por su técnica. También lo logra porque incluye tanta información en cada composición, que en cada corte del disco se pueden intuir otros que están por venir. Por eso es generoso, porque en cada palo hay varios palos, en cada creación hay incluidas otras chiquitas, esbozos que en un futuro que para él ya es presente darán a luz nuevas canciones. De ese modo, y como hacen los buenos escritores que ofrecen varios niveles de lectura, Dani plantea a quien le pone atención, varios niveles de escucha. Y es que el espectador de Dani es, como él, ambicioso: sabe que si se sienta y escucha, gozará sin esforzarse. También que si quiere retos, no hay hoy otro guitarrista más capaz que el de Morón de planteárselos, pues nada de lo que garabatea, ejecuta o fragua Dani es simple ni es fácil. Precisamente por eso es tan satisfactorio.


Si eso es posible, es porque a pesar de su madurez como intérprete y creador, Dani de Morón sigue poniéndose a prueba. En Creer para ver hay un ejemplo claro: el de la soleá que aborda como si fuera un pintor con un estudio, es decir, con un cuadro en construcción con el que examina su pericia y el conocimiento acumulado. En su caso, Dani divide el palo en tres partes que son como tres historias contadas desde diferentes ángulos. Cada una tocada de diferente manera, a distinta velocidad, en todas exprimiendo su técnica y recreándose en ella, corroborando ese dicho tan flamenco que afirma que “el conocimiento la pasión no quita”. Se trata de una pieza que disfruta el debutante en materia musical y extasía al iniciado, no importa de qué género, pues si algo queda claro escuchando este trabajo es que para celebrarlo, al “ole” tradicional tendremos que añadir también un “bravo” y por supuesto, más de un “oh yeah”.

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