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martirio

Martirio

09/09/2019

Martirio y Chano Domínguez por Bola de Nieve, eso es mucho más que dos. Hay ahí una bendita trinidad que es casi la invención de un género. 


Dos almas hablando de otra alma, una conversación musical  que remite al alma del tercero ausente: Bola de Nieve.

Es la historia de un amor compartido por un gigante de la música cubana, por  un creador y un intérprete  suntuoso y exuberante.
Bola de Nieve supo sintetizar con una ternura inusitada las más diversas esquinas del ámbito transoceánico de la canción hispanoamericana de su época, también de otras culturas y otras lenguas. Bola de Nieve -artista mundial- cantó fundamentalmente en español, pero hizo también conmovedores viajes sentimentales en francés, inglés, italiano, catalán y portugués. De esos viajes a tierras alejadas del Caribe, el repertorio elegido con mano de santo por Martirio y Chano se detiene en la ribera parisien de “La Vie en rose”, que nos hace bajar los ojos hacia la más dulce ternura.


 Ternura es la palabra clave que explica a Bola de Nieve, aunque su áspera y amorosa voz pueda lanzar ocasionales envites de visible enfado o risotadas. Su locuaz piano, ardiente de emoción, puede frenarse en un silencio cortante, acaso hasta se arroje con un acorde acantilado o, sonámbulo, quizá deslice un par de notas crepusculares. Ese es el estilo del Bola: la finura profunda y cadenciosa, la explosión amable de un carácter y un dolor. Martirio y Chano habitan con sus propias herramientas esos mundos del Bola. La luz cegadora y melancólica del cabaret habanero se hace luminoso flamenco de madrugá. La delicadeza de aquel negro social  podía tener un pronto rebelao sin romperse la camisa. 


En el arte conjunto de Martirio y Chano se revela un lenguaje musical nuevo, inaugural, un abrirse en canal al feeling del maestro que no podía ser feliz, aquel gran yentlemán con la risa siempre  en la boca.  


 Un asunto de simbiontes. El piano de Chano Domínguez tiene una sustancia oceánica.  En la raíz estaba el flamenco, luego vino el jazz. La pianística de los impresionistas franceses –a mi parecer- emergió en algún momento. Creo que esos sutiles oleajes a los que se entrega el piano de Chano tienen que ver con un crecimiento orgánico,  con la creatividad. Y esa manera de acentuar o disolver en caricia que tenía Bola, Chano la asume desde su propia voz: donde las teclas mecen su inspiración en un mismo impulso, donde  jazz y flamenco son una aleación: aquí la estructura de este estilo, aquí estas figuras melódicas de ida y vuelta, aquí Chano de Nieve con su tragedia y su buen salero. Chano tocando por Bola no se priva de esos aires juguetones del music-hall y el frech cancán



Música profunda, evocadora y precisa, música que enlaza –un maridaje feliz- con la voz de Martirio, donde los itinerarios vienen siempre del interior, de las historias asumidas porque le pertenecen como mujer, cantante, vocalista y cantaora. Estas cosas que Bola de Nieve cantaba en el cabaret, Martirio las hace con el don de lo andaluz abrazado al sinvivir de la otra orilla. Y su voz es un demiurgo con duende. Un sentimiento flamenco donde hay tantos acentos de otras almas para una música y  un disco   que irradian luz.


 Aquel feeling  del bolero y el jazz ensamblados por la cubanidad lo escribían filin los artistas que lo inventaron en el habanero Callejón de Hammel, allá por los lejanos años cuarenta del siglo pasado. Hoy nos lo acercan el piano de Chano Domínguez y la voz de Martirio con ley y la razón, con coherencia y lealtad. Conciencia y corazón. Han pasado 22 años desde que Martirio y Chano decidieron unir sus vidas musicales por primera vez con aquel disco iniciático “Coplas de que madrugá” (1997). Y más adelante Acoplados (2004). 


Dos trabajos que supusieron una nueva lectura de la copla española y su acoplamiento feliz con el jazz. Ayer fue la copla, hoy el feeling. Ahora este mano a mano les une  bajo el manto protector de Bola de Nieve, padre, madre, padrino y hermano a la vez. Encaje de bolillos, podríamos decir. Y para que todo quede a pedir de boca, hacía falta un espíritu carnal: Raúl Rodríguez, el productor de esta nueva vida. Un mago de la materia sonora, un antropólogo de la raíz que no se anda por las ramas. Raúl Rodríguez es un teórico y un musicazo  con vuelo libre y personal, que ha moldeado con ellos esta bola de arte. Buena vida ha salido de tanto talento.


 En este disco cobran nuevas vidas las composiciones del  propio Bola de Nieve, junto con las que asumió de Marta Valdés, María Grever, Adolfo Guzmán, Eliseo Grenet, Moisés Simons, Virgilio Expósito, Armando Orefiche y Edith Piaff. Amores y desamores van en el mismo soplo, un soplo en el que a veces revienta por la otra punta el buen humor, la risotada feliz. “Alma mía”, “Tu no sospechas”, “Si me pudieras querer”, “No quiero que me olvides”, “Vete de mí” y las demás: todas son historias colosales, miniaturas preñadas de grandeza. Chano y  Martirio las han hecho suyas con pasión enamorada: quien las escuchó lo sabe.


 Ignacio Jacinto Villa Fernández -nacido en Guanabacoa en 1911 y fallecido en Ciudad México en 1971- fue un gigante de la canción, del piano y de la interpretación. Hace un par de décadas visité el Museo Municipal de Guanabacoa, donde se conservan los fracs de Bola de Nieve. Me dio mucha  más ternura que el Bola tuviera un cuerpo tan pequeñito. Un gigante encajado en un cuerpecito de niño casi. Al gigante y su molinos de sentimiento le han crecido dos quijotes: Martirio y Chano abrazados al feeling flamenco. Al bien hacer no ha de faltarle gloria.


 Navas de Riofrío, junio 2019. Pedro Calvo



 


 

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